Intermediaria

The Palma Collection

 

 

¿Yo no sé por qué los hombres me achacan la culpa? Sin embargo, cuando el dolor los embarga y la desesperación los pierde, me maldicen y me odian. Por azares del destino siempre me encuentro en ese último momento en el que las personas sienten la suma de todos sus miedos, cuando se agolpan en sus mentes emociones, pensamientos felices, pesadumbres y rencores. 

No me toca  a mí decidir ni el lugar ni el momento, yo sólo obedezco órdenes. Donde se encuentra el final, donde se apaga una luz, ahí debo estar. El trabajo es sencillo, tomas el alma; si no está muy asustada, la saludas y la guías a donde moran las almas. Mientras, a mi espalda se oyen los lamentos y los aullidos de dolor. ¿Por qué sufren los vivos? ¿Acaso no tuvieron a ese ser lo suficiente con ellos? Empiezan los hubieras y las recriminaciones. Se empiezan a repartir las culpas y en algunos casos las herencias.
 
Eso es en realidad lo que deprime de mi trabajo: los vivos sollozantes. En cierto modo y si lo veo desde un ángulo pusilánime, no soy más que una intermediaria incomprendida.

Treinta y cinco


A mí, por ser yo

 

Inseparable amiga mía…

 

Hay días que no se exactamente quién eres. Por ratos eres dulce y tierna, otras te conviertes en un ogro  y otro tanto eres tan frágil como aquella porcelana de casa de mi abuela. La dulzura puede ser característica de tu sexo, pero en realidad es que te encanta dar amor, aunque luego te desilusiona el que no te lo recompensen, pero entiende que la idea de dar amor no es recibir, sólo darlo.

 

Te vuelves ogro, porque tiendes al perfeccionismo y en cuestiones laborales eres tirana, te gusta el orden y el método, te desespera la lentitud y el poco sentido. ¿Acaso no les apasiona lo que hacen? Te preguntas. Crees que no, que trabajan porque es ley de vida y no gusto por vivir.

 

Finalmente eres frágil, porque la ansiedad que padeces desde niña por ratos te hace tambalear y perder el equilibrio. Te da miedo lo que hace cinco minutos no te daba. La sensación de morirte es horrible, aunque tu cerebro te diga que no es así, tu hipotálamo siente lo contrario. Asfixia, sudoración, angustia, síntomas que te regresan a poner los pies en la tierra y te hacen ver que sólo eres un punto en el espacio, frágil y solo.

 

Pero con eso, sin eso y a pesar de eso, sé que eres un amor y una mujer maravillosa que me encanta conviva conmigo, muy dentro de mí…

 

¡Felicidades Sayil!

Culpa


Siento los golpes; uno tras otro, seguidos, duros, dolorosos. Me empieza a faltar el aire. Cada vez es más difícil respirar y el dolor que no se aleja. Oigo gritos, hay llanto y más dolor…

 

Ya paso, ahora no siento nada y lo que es mejor, estoy en una especie de liviandad. Puedo ver claramente lo que sucede. Hay gente corriendo y gritando, se empujan unos a otros, se lastiman, van llorando y en pánico. ¿A qué le temen? ¿De quién corren? Entre el gentío veo algo que se parece a la playera que traigo puesta; tengo curiosidad y me acerco. De hecho, no sólo la playera es como la mía, también los jeans y… ¡Oh, soy yo! ¿Qué hago ahí tirado? No me muevo, me pisan, me empujan y yo… ¡No me muevo!…

 

Si, estoy ahí, tirado, ¿Por qué me puedo ver? Soy nada, soy sólo un vil fantasma. ¡Estoy muerto! Y me veo a mi mismo tirado en ese piso, muerto. Empiezo a recordar, estaba en el New’s Divine, tomaba unas cervezas con los cuates cuando avisaron que la policía iba a hacer una “redada”. Todos queríamos salir… y yo salí, pero a otra vida.

 

Los primeros culpables son apresados ahí mismo, los suben a una patrulla; son los dueños del lugar. Luego, nadie quiere tener la culpa, es tan horrible vivir con ella. Yo, no tengo la culpa ¿o sí? Puede ser. En realidad mis padres tienen la culpa, porque no les interesa dónde ando ni con quién. Y aunque les interesara, igual hubiera ido por rebeldía.

 

Ellos por supuesto dicen que tampoco tienen la culpa y obvio querrán que las autoridades les hagan “justicia” y que los dueños les paguen lo que creen que vale o más bien valía mi vida. Por su parte, las autoridades se echarán las culpas unos a otros y yo…

 

Yo, ya me encuentro en otra dimensión.

Apego

Margaret Malandruccolo


No hay sol. Las nubes están listas para en cualquier momento dejar caer su lluvia. Los pies le pesan, siente que los arrastra con cada paso. Sólo es cuestión de andar una esquina, pero siente que son dos kilómetros.

 

Al fin llega. Pide su turno y le indican la ventanilla de atención. En el trayecto piensa que ya son más de diez años con él. Una década de breves historias. El empleado saluda y le pide sus datos. Se disculpa un momento. Regresa. La operación se realiza con éxito.

 

No puede creer que el cambio de número le duela en lo más profundo de su ser. Quiere llorar. Respira. Sostiene. Suelta. No, no duele el número cambiado; duele el motivo, duele saber que  no escuchará de nuevo su voz dándole los buenos días.

Extrañar

 

Querido mío,

 

¡Cómo pasa el tiempo! ¿No crees? Ya son dos años, el silencio de tu ausencia se empieza a sentir cada vez más. Si, he de reconocer que se te extraña y aunque no tanto como al principio de tu partida, no hay día que no piense en ti y en la forma en que te fuiste.

 

Tu risa, tu persona, tus ocurrencias hacen más falta que nunca.  Te siento en la mesa en que como, el café que tomo. Te reclamo, aunque no tengas la culpa, el dolor que siento me da ese derecho. ¿Por qué no dijiste tus temores? ¿Por qué ocultaste tus pesares? ¿Acaso crees que no se te iba a entender? Ahora no hay hubiera… fue negado.

 

No puedes regresar y aún no encuentro el consuelo al silencio cruel de tu ausencia; no debiste irte sin decir adiós.

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