No hay sol. Las nubes están listas para en cualquier momento dejar caer su lluvia. Los pies le pesan, siente que los arrastra con cada paso. Sólo es cuestión de andar una esquina, pero siente que son dos kilómetros.
Al fin llega. Pide su turno y le indican la ventanilla de atención. En el trayecto piensa que ya son más de diez años con él. Una década de breves historias. El empleado saluda y le pide sus datos. Se disculpa un momento. Regresa. La operación se realiza con éxito.
No puede creer que el cambio de número le duela en lo más profundo de su ser. Quiere llorar. Respira. Sostiene. Suelta. No, no duele el número cambiado; duele el motivo, duele saber que no escuchará de nuevo su voz dándole los buenos días.




