Las batallas del poder

El primero de diciembre era un día feriado, así que me levanté  y alisté para ir a nadar. Mientras nadaba escuchaba el ruido de los televisores que transmitían el cambio de Presidente de México. Fue una ceremonia protocolar fuera de todo ámbito antes visto en el país; los diputados y senadores del Congreso liaban entre ellos como si fueran los gorilas de un zoológico.  

Uno le aventaba su curul a otro; dos más sostenían a un tercero, mientras otro intentaba golpearlo, o al menos infligirle el mayor daño posible. Las señoras diputadas no se quedaban atrás y se llegaron a oír palabras dignas de cualquier central de abastos del país. Y todo esto ¿por qué? Pues por obtener el poder. No creamos que por defender una ley a favor de los minusválidos o algo así; por el puritito gusto de tenerlo. 

El bendito poder que desde hace varios sexenios ha sido perseguido por cuanto partido político se crea. No es la carrera por lograr el bienestar del país, sino por ver quién lo ostenta para molestar a los demás. A mi forma de ver, ningún político está buscando un cargo público realmente por el placer de servir al pueblo, por el contrario, de sacar el mejor provecho de su puesto.  

Lamentable vida la que escogen los políticos, primero luchan por obtener poder, luego por mantenerlo y en el ocaso de su vida por hacer sentir que nunca lo han perdido; cuando se han perdido a hasta ellos mismos en el intento.

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