Caricia culpable

Gio Barto

De espalda. Su figura se delinea curvilínea, sensual. Los  zapatos de tacón, muy alto y espigado dan a sus pantorrillas esa imagen de tronco entrelazado; los muslos macizos, ligeramente se marcan enfundados en unos pantalones “pescadores” de mezclilla.

Las nalgas se dibujan como aquel lugar en donde siempre has querido estar y es ahí, donde el tiempo se detiene… Un apretón en la mano me hizo volver a la fila del cine, sus dulces ojos me decían en silencio ¿Qué ves? ¿Qué te pasa? Acaricié su mejilla y le besé suavemente la mano…

Matar al gato

Reg Speller

 

Desdémona: ¿Por qué tengo miedo?

Otelo: Piensa en tus pecados

Desdémona: Son amores que te doy

Otelo: Pues por eso has de morir

Desdémona: Matar por amor es dar muerte cruel

 

Lo sabe, sabe que no debía hacerlo. Sabe que por su curiosidad descubrió lo que tanto temía. Lo peor del mundo para él, no es el descubrimiento de los mensajes en el celular de ella, sino la historia que su Yago interno le cuenta a partir de lo desconocido.

 

Imaginar lo peor es la tendencia, decirlo, es la creencia fiel de que sucedió. Da vueltas tratando de entender lo que está pasando. No puede creer que ella lo engañe; él es todo un hombre. Se pregunta: ¿Qué es lo que me falta, que ella busca en otro lado? Mientras, la historia sigue pasando en su mente como una película, donde la imagina con otro, en brazos de otro.

 

Siente ira por los actos que supone ella hace, aunque la oculta desviándola hacia el fulano causa de su desgracia, alardeando de que si se lo encuentra, mínimo le rompe su madre por involucrase con la mujer de otro. Por no respetar lo ajeno. Ya no vive en paz, no la pierde de vista y está atento a sus actividades como un felino a punto de cazar; le cuesta trabajo mantenerse alejado del celular de ella. Sufre por lo que desconoce y se llena de más rabia por lo que cree.

 
¿La solución? Al fin la encontró. ¡Matarla! Debe pagar por lo que ha hecho, aunque realidad mata lo que lentamente lo está matando a él.

Roces

Aferrada al tubo, el calor sofocante me provocaba sopores a pesar de la incomoda posición.

Empecé a sentir un peso tras de mi, pero como cuando uno viaja cuerpo con cuerpo todo parece naturalmente accidentado, no presté mucha atención. Cabeceo, se aligera; lentamente lo vuelvo a sentir; se recarga; me despabilo. Se desliza suavemente de arriba abajo sobre la curva de mis nalgas.

La ira se apodera de mi; comienzo a concentrarme en mi mano derecha. La fricción se está volviendo más fuerte. Partirle la cara es mi misión. Siento que la “fuerza me acompaña”; volteó y…

…¡zas! Una fémina se me despega suavemente y levanta sus cejas de arriba abajo, como diciendo: ¿Qué tal? ¿eh? Desde luego, la siguiente estación fue la bajada obligatoria.

Palabrería


Érase una vez…

 

       una fémina que llenó un machote

                          

                           lástima, el machote no a ella…

Maldición


¿No les ha pasado alguna vez por la cabeza que lo que puede ser una virtud, suele repentinamente convertirse en una maldición? Resulta que tengo dos pequeñas gracias que a veces me meten en desgracias. La primera es, saber algo más de algunas cosas; de lo cual se deriva la segunda, decirlas y por lo regular muy directamente…

 

Sucedió que de esas veces que uno asiste a una reunión y en el calor de la pasión laboral me encuentro en plena exposición compartiendo comentarios y expresando sugerencias. Las consecuencias las recibo la tarde de ese mismo día…

 

“Se le pide no externar opiniones ni comentarios a menos que alguno de nosotros se lo autorice o le ceda la palabra, a las autoridades no les gustan las mujeres que hablan demasiado.

 

Buen día…

 

Atte.

El hermano de Schopenhauer”

 

¿Buen día? Lo incomodo no son las mujeres, sino que piensen… me pienso. Para no hablar por supuesto.

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