Son cubano II

 

Finalizada la comida, comenzamos el paseo vespertino y a él se le ocurrió que quizá me gustaría conocer una clásica vivienda cubana. Conteste que sí al instante, y conforme nos metíamos por callejuelas y barrios andrajosos, también se me metía el miedo a lo desconocido. Al fin acabamos frente a un edificio que aún no sabría decir si estaba a punto de caerse de viejo o de tanta demagogia partidista. Antaño –antes de la revolución-, había sido la casa de una familia y ahora era el hogar de varias. Agarré valor de donde pude, con paso inseguro y sin luz subí a tientas por los débiles escalones de madera podrida llegando así a un cuarto piso. Ahí estaba Fidel – no Castro, otro de tantos -; alto, delgado, oscuro como los escalones que acaba de dejar atrás. Me ofreció asiento en una destartalada silla de su micro sala de estar. Mientras Alberto platicaba algunas cosas en cubano –porque aunque es español, no es el mismo que en México-; yo miraba a mi alrededor. Su vivienda de aproximadamente treinta metros cuadrados fue  seguramente en otros tiempos, la recamara de alguna niña bien. Dividida en dos, era todo el lugar; sala, comedor, cocina, baño y habitaciones, pero la diferencia con sus vecinos radicaba en que Fidel tenía balcón. Un balcón por donde la luz entraba y sobre todo la brisa que se colaba desde el mar hasta su sonrisa.

 

Fidel trabajaba en una fábrica de puros ahí por Pinar del Río, sacaba algunos de contrabando, de los mejores: Cohiba, y los vendía a quién se podía. En éste caso fui yo, que no fumo y menos puros, pero haber visto a las santeras fumarlos, me llené de curiosidad y más por ayudar que por probar, compré algunos que acabaron en bocas ajenas a la mía. Salí como entré, dando gracias al Creador por ver la calle de nuevo. El atardecer se cernía y mi día con Albertico también.

 

Al final, en mi búsqueda de una de las escazas botellas de agua acabamos en un supermercado – si se le puede llamar así -, le dije que escogiera lo que quisiera. En un principio se negó, después cedió, y seleccionó su perfume favorito: Montecristo. Salimos y al despedirnos en el mismo lugar donde todo empezó, negó recibir su paga, a cambió pidió un beso y que le escribiera de vez en vez. Dio la vuelta y partió a donde la luz del ocaso me impedía ver. Del otro lado, el mar con sus olas me regresaban no sólo a mi hotel sino a pensar en lo afortunada de poder ejercer mi libertad y, ser responsable de ella y sus consecuencias.

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