Lectura


Tomo tu cuerpo entre mis manos. Toco tu dorso como al libro más preciado; lo acaricio, siento su textura, suave, ideal para un largo rato de lectura.

 

Leo tu piel. Las líneas me muestran experiencia; mis dedos rozan las articulaciones del tiempo. Paso las páginas velozmente, encuentro anotaciones en todos lados, las referencias del autor están a la vista. ¿A qué sabe un libro? Quiero saber. Te pruebo, son todos los sabores y ninguno.

 

Leo éste libro, me emociona, me apasiona. Cuenta su historia y penetra en mi cuerpo; murmura sus secretos en mi piel. Leo a hojas abiertas; el amor, el deseo brotan entre línea y línea. Invade mi mente. Llego al climax del relato, dos voces salen del libro; extasiadas, agotadas.

 

Al cabo de un rato… vuelvo a retomar la lectura.

Murmullo


Si tú supi
eras lo bien que me siento cuando escucho tu voz. Esa lectura que diario me regalas  hace que pase de la emoción  del relato a un suave murmullo que me adormece, que me relaja, como si estuviera en casa, en el regazo de mi madre.

 

¿Sabes? Si mi madre hubiera aprendido a leer, le pediría que diario me leyera historias de elefantes intrépidos y valientes. Tu voz, me hace regresar a la historia, es de humanos, pero aún así… me gusta, me intriga.

 

Tú y yo aquí, en la soledad de la sabana, sólo el viento que a veces aleja el sonido melodioso que emana de tú boca.

 

Prométeme que un día… me enseñaras a leer.