Muerte lenta

Sasha

El cisne triste

Almásy: Todas las noches, me arranco el corazón;
pero al amanecer aparece donde estaba

Reconoce su error. Jugó con fuego y al fin se quemó. Bueno, en realidad la quemaron dos acciones; primero, la maldita tecnología que no sabe guardar un secreto y, segundo, lo que mató al gato y la desilusionó.

Un simple juego de palabras sensuales la hizo terminar en esa cueva. Esperaba que regresara a buscarla, pero no fue así. No hubo promesa, sólo un adiós y el ruido de una puerta que se cerró; que la dejó en el desierto. Dentro de la cueva tiene frío por la falta de sus brazos; afuera, el calor de los que se aman la quema.

Ella no rechaza la responsabilidad de sus acciones, acepta las consecuencias, pero, ¿Acaso debe sacrificar su libertad como persona, mujer y profesionista? Se pregunta. No, se contesta. Aunque eso signifique morir sola, con amor atrapado en su interior y sin el funeral junto al mar que deseaba. A las mujeres no se les perdonan los juegos, aunque sólo sean eso, simples juegos sin sexo.

Amó, fue amada. Ama, es rechazada. Acomoda el libro de Heródoto en su bolsa y, mientras la luz de la linterna se le acaba, sonríe falsamente al mundo.

Anuncios

Son cubano I


Me gusta escuchar a las personas que han visitado otros países. Las narraciones sobre sus hazañas pasan de lo común a lo sorprendente y simpático. Sin embargo hablar de Cuba es entrar en un mundo de contradicciones culturales, sociales y políticas en donde no hay encuentro de opiniones; cada quién tiene su propio punto de vista. Igual que en la isla. Por esa razón quizá y cansada de suponer cómo sería la vida en Cuba, decidí un día agarrar mis más ligeras y necesarias pertenencias – entre ellas el libro del mes -, y tomar camino hacia el Caribe. Desde el momento en que puse un pie fuera del avión y me enfrente a los paranoicos controles y burocracia aeroportuaria empecé a crearme mi propia idea de lo que es la vida ahí.

 

Una de esas mañanas en que uno se levanta con ganas de pasear sin rumbo fijo, me enfilé hacia la Habana vieja como veces anteriores; y caminando por aquí y por allá fui a dar al Instituto Cubano del Libro, a la presentación del último ejemplar de un autor local. ¿Qué tiene eso de excepcional? Nada. Si no es porque a la salida del edificio me esperaba el que sería mi guía e instructor de historia cubana. Seguro que se me veía cara de no saber para dónde ir y por eso fue que el buen Alberto, uno de esos hombres rubios y de ojos color aceituna que hay por ahí, se me acercó y me preguntó cuáles eran las olas que me habían aventado a su tierra.

 

Una vez realizadas las presentaciones y hecho el trato – diez pesos cubanos por un día-, empecé a conocer no sólo lo más pintoresco de la ciudad, también zonas desconocidas al menos para mí y sobre todo lo que yo anhelaba: conocer a su gente, conocer por medio de Albertico esa parte de Cuba de la que todos hablan y nadie concuerda. Recorrí con él las plazas y las iglesias convertidas en museos u oficinas, mientras me contaba su vida y sin querer la de medio país. Conocí la soledad de quienes se quedan sin familia, porque ellos se fueron con el vaivén del Atlántico o con algún extranjero enamorado.

 

Entre la casa de Carpentier y el mojito de “La Floridita” junto a Hemingway, nos llego la hora de comer. El trato no incluía su comida, pero, ¿Cómo poder comer mientras él me esperaba afuera? Pues no. Por lo que tenía dos opciones: abusar de mi derecho de extranjera y comer con él en algún lugar para turistas o, preguntarle dónde podíamos comer a gusto ambos. Opté por el segundo camino y acabamos en la casa – comedor de Don Lorenzo, donde compartimos una deliciosa comida marinera acompañada del ya cotidiano plato de arroz con frijoles colorados y la “libertad” que le daba el poder hablar del Partido, de sus ganas de salir de su país para reunirse con su familia. Mientras platicaba, se notaba la esmerada educación cubana que había recibido, idiomas incluidos; el anhelo de libertad y de ambición por una mejor calidad de vida.