El eclipse

– …por cierto, ¿hoy es domingo? -pregunta el anciano dando un sorbo al café.
– Si –contesta su mujer.
– Hoy es el eclipse –dice él.
– Son de mal agüero –dice ella.
– Depende, para mí, no –dice él.

La anciana comienza a dar instrucciones para prevenirse del eclipse, mientras se encamina al rincón donde están las imágenes de los santos…

–No salgas al patio a verlo; hay que cerrar las puertas, las ventanas y… ¡aayy! Silencio.

El reclinatorio se le atraviesa y cae golpeándose la cabeza. Muere al instante.

-¿Ves? son buenas noticias-dice el anciano, mientras le cierra los ojos.

*Participante en el concurso “Relatos en cadena” de la estación Cadena Ser. España. Semana 18

Nina*

Primero de enero. Nina se sacude el aburrimiento averiguando sobre clases de natación.

–          ¿Está abierto el club? – pregunta al ver el desorden
–          Si. Están remodelando  -dice Fausto-. Pasa, te doy informes

Pero el diablo, ya se le había metido en el cuerpo. Por sorpresa la golpea, aturdida cae al piso. Ahí la desviste y la viola repetidamente entre insultos y azotes cada vez más fuertes. Nina, casi sin sentido no opone resistencia; entre llantos clama por su madre, está perdiendo la inocencia de su pubertad. 

Nina, gime sin poder moverse. Había que deshacerse de ella. Fausto toma la pala, cava un hoyo, hace mezcla y la arrastra al agujero. Con la pala golpea ferozmente su rostro para desfigurarlo, y de paso matarla.

Fausto y su padre cuidan del abandonado club. El padre había ido al pueblo a ver a la familia, pero regresa justo a tiempo para descubrir al hijo enterrando a Nina.

Sus padres, la reconocen por las pulseras y anillos de sus manos. Fausto, maldice a su padre y desde su celda suplica no más golpes; mientras los otros reos le cobran a Nina.

*Participante en el

Apariencia


Fea no soy, quizá tampoco muy bella, pero si de algo estoy segura es que… ¡No soy una calavera!

 

¿Por qué la necedad de ponerme tan horrible imagen? ¿Acaso no se les ha ocurrido pensar que soy un querubín? Sí un lindo y bello ángel. Que mi trabajo sea el de recoger las almas que abandonan el mundo de los vivos, no quiere decir que mi apariencia sea de cadáver recomido por los gusanos.

 

Se imaginan si fuera así de policromática, la espantada que les daría a todos esos pobres que pasan del estado sólido al etéreo. No es grato dejar el cuerpo y encontrarte con un esqueleto andante de vestiduras raídas. ¡Ah porque las vestiduras son otro tema! No visto de negro, ni me gusta el colorcito ese. Soy simple pero elegante, hay que recibir a las visitas con las mejores galas.

 

Hagamos un ejercicio. La próxima vez que piensen en mi, no lo hagan pensando en la calavera, imagínenme como un lindo “Miguel Angel” de la Capilla Sixtina.

Intermediaria

The Palma Collection

 

 

¿Yo no sé por qué los hombres me achacan la culpa? Sin embargo, cuando el dolor los embarga y la desesperación los pierde, me maldicen y me odian. Por azares del destino siempre me encuentro en ese último momento en el que las personas sienten la suma de todos sus miedos, cuando se agolpan en sus mentes emociones, pensamientos felices, pesadumbres y rencores. 

No me toca  a mí decidir ni el lugar ni el momento, yo sólo obedezco órdenes. Donde se encuentra el final, donde se apaga una luz, ahí debo estar. El trabajo es sencillo, tomas el alma; si no está muy asustada, la saludas y la guías a donde moran las almas. Mientras, a mi espalda se oyen los lamentos y los aullidos de dolor. ¿Por qué sufren los vivos? ¿Acaso no tuvieron a ese ser lo suficiente con ellos? Empiezan los hubieras y las recriminaciones. Se empiezan a repartir las culpas y en algunos casos las herencias.
 
Eso es en realidad lo que deprime de mi trabajo: los vivos sollozantes. En cierto modo y si lo veo desde un ángulo pusilánime, no soy más que una intermediaria incomprendida.

Culpa


Siento los golpes; uno tras otro, seguidos, duros, dolorosos. Me empieza a faltar el aire. Cada vez es más difícil respirar y el dolor que no se aleja. Oigo gritos, hay llanto y más dolor…

 

Ya paso, ahora no siento nada y lo que es mejor, estoy en una especie de liviandad. Puedo ver claramente lo que sucede. Hay gente corriendo y gritando, se empujan unos a otros, se lastiman, van llorando y en pánico. ¿A qué le temen? ¿De quién corren? Entre el gentío veo algo que se parece a la playera que traigo puesta; tengo curiosidad y me acerco. De hecho, no sólo la playera es como la mía, también los jeans y… ¡Oh, soy yo! ¿Qué hago ahí tirado? No me muevo, me pisan, me empujan y yo… ¡No me muevo!…

 

Si, estoy ahí, tirado, ¿Por qué me puedo ver? Soy nada, soy sólo un vil fantasma. ¡Estoy muerto! Y me veo a mi mismo tirado en ese piso, muerto. Empiezo a recordar, estaba en el New’s Divine, tomaba unas cervezas con los cuates cuando avisaron que la policía iba a hacer una “redada”. Todos queríamos salir… y yo salí, pero a otra vida.

 

Los primeros culpables son apresados ahí mismo, los suben a una patrulla; son los dueños del lugar. Luego, nadie quiere tener la culpa, es tan horrible vivir con ella. Yo, no tengo la culpa ¿o sí? Puede ser. En realidad mis padres tienen la culpa, porque no les interesa dónde ando ni con quién. Y aunque les interesara, igual hubiera ido por rebeldía.

 

Ellos por supuesto dicen que tampoco tienen la culpa y obvio querrán que las autoridades les hagan “justicia” y que los dueños les paguen lo que creen que vale o más bien valía mi vida. Por su parte, las autoridades se echarán las culpas unos a otros y yo…

 

Yo, ya me encuentro en otra dimensión.

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