Roces

Aferrada al tubo, el calor sofocante me provocaba sopores a pesar de la incomoda posición.

Empecé a sentir un peso tras de mi, pero como cuando uno viaja cuerpo con cuerpo todo parece naturalmente accidentado, no presté mucha atención. Cabeceo, se aligera; lentamente lo vuelvo a sentir; se recarga; me despabilo. Se desliza suavemente de arriba abajo sobre la curva de mis nalgas.

La ira se apodera de mi; comienzo a concentrarme en mi mano derecha. La fricción se está volviendo más fuerte. Partirle la cara es mi misión. Siento que la “fuerza me acompaña”; volteó y…

…¡zas! Una fémina se me despega suavemente y levanta sus cejas de arriba abajo, como diciendo: ¿Qué tal? ¿eh? Desde luego, la siguiente estación fue la bajada obligatoria.

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