Flor de esquina II


Sábado. Me levanto, pasó por la sala rumbo a la cocina y sobre la mesita de noche está la rosa. La observo, sus pétalos empiezan a abrir lentamente, un rayo de sol se filtra por la ventana y hace relucir su maravilloso color carmesí sanguinolento. Me acercó a olerla y pienso en aquel joven. Un Casanova acostumbrado a hacer esas cosas, me digo.

 

Domingo. Sin querer (¡Si, cómo no! ja), la miro. Perfecta, en su floreciente vida. Ya casi ocupa la boca completa del vaso en el que está. De nuevo pienso en aquel sujeto… Me siento avergonzada conmigo misma por haber huido de esa forma, pero en ese momento no pensaba en algo, los nervios me traicionaron. ¿Por qué niña, no acabas de madurar? Sólo recordar el ‘oso’ me revuelve las tripas.

 

Lunes. Le cambio el agua y salgo a trabajar. De regreso, por el mismo lugar, en la misma esquina, como no dándome cuenta, lo busco. No está. ¿Se habrá arrepentido de volver a pasar por ahí? ¿Era sólo casualidad la de ese día? ¿Buscaba una aventura? En fin, el mismo semáforo del viernes me indica que debo dejar de buscar, sólo avanzar. Llegó a mi hogar y ahí está ella, sola y empezando su declive. ¿Podría haber sido él mi amor perfecto? Nunca lo sabré, o… ¿quizás si?

 

Viernes. Hace ocho días ya. La rosa por lo pronto ha llegado al ocaso de su vida, ¿qué se hace con una rosa que te regala un desconocido? ¿la guardas? ¿la tiras? ¿la olvidas?

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Mariposa I


Mariposa, mariposa

Que vuelas de rosa en rosa

Dime linda mariposa

¿Por qué estas tan tuberculosa?

 

 

 

(Lapsus ridiculus de la autora…)